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Muy a menudo suelo mirar al piso, desde el balcón.

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Eras un libro abierto, asique humedecí mis labios y te seguí leyendo. Y sabes? Lo mejor de saberte literatura es que aun me quedaban tantas paginas por recorrer.

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Hay un hogar que habito,  paulatinamente, desde hace años. Es verdad, en ocasiones soy a patadas echada a la calle, están también las veces en que con más cariño me informan que ya no hay espacio para mí. Siempre es invierno cuando en la calle quedo, siempre es de esos inviernos con lluvia torrencial donde el frio no te deja siquiera pensar, no hay más que ese ruido incesante de lluvia, la cortina de lluvia que no te deja ver el camino, esa lluvia que se parece, en ocasiones demasiado, a la interferencia que aturde en el televisor. Y de repente me encuentro sin armas y con las piernas tan entumidas por el frio que no puedo caminar y me observo, paralizada. Cuando la lluvia amaina por minutos y se transforma en  llovizna, la cual en comparación parece el día más soleado del año, de pronto es fácil recuperar la cordura, mirar los techos en el camino que pueden brindar abrigo y protección. La cortina vuelve y se vuelve a nublar la visión, pero ya sé, ya vi, y quizás es cierto que se hace más difícil caminar pero siempre llego. Una vez a salvo, es fácil trivializar el trayecto, pensar en lo absurdo del tiempo emprendido, o en las mil y una formas en que lo podría haber recorrido de forma más rápida y eficaz, pensar también en que a lo mejor es tiempo de empezar a salir con paraguas, después de todo, no es la primera vez que termino empapada en la calle. Cuando la lluvia se calma y solo quedan las nubes cargadas en el cielo, siempre amenazantes, vuelvo a emprender el camino, y de tanto caminar, en algún lugar siento una calidez que reconozco, que me recibe y dice, entra, esperemos el invierno, con la voz llena de tormenta, solo puedo responder, esperemos al invierno, hogar dulce hogar.


"Love is the Devil" - John Maybury (1998)